Diarios de Viajeros: Expedición hacia la cruda y alucinante Antártida

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Hay un lugar en el mundo donde no hay gobiernos, casi que ni leyes y peor personas. No es un país, no hay ciudades o nativos a quienes proteger (o en otros tiempos conquistar). Al bullicio usual de la gente lo reemplaza un silencio glacial que solo se interrumpe por el clímax de la caza animal. No hay infraestructuras de concreto. Las pocas que hay son de tierra y están cubiertas de hielo.

Así es la Antártida, el continente más relegado de los siete que existen en nuestro pequeño planeta. En las listas de ‘lugares que quiero conocer’, casi nunca asoma y es comprensible. Lo lejano, vacío e inhóspito que resulta este sitio para el espécimen humano no lo hace precisamente el lugar más atractivo.

Sin embargo, para mí los lugares poco convencionales son más apasionantes que cualquier otro. Además, no me le espanta el frío. Aunque los paisajes veraniegos y el sol son divinos, el frío es una fuente de adrenalina única. Por más raro que suene, sentirse casi congelado es revitalizante. El sol californiano o toscano podrá ser todo el encanto que quieran, pero verlo apagadito y tenue detrás de nubes blancas y azules superpuestas resulta espiritual.

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A diferencia de otros sitios donde predomina el frío y la nieve, donde la humanidad ensombrece la belleza natural con su ruido, hoteles y restaurantes, la Antártida es cruda y pura. Lo feroz de esta fortaleza invernal contrasta con la salvaje y frondosa vida de los otros continentes. Aquí la vida se esconde debajo del interminable mar. No existe mucha diversidad, pero la que hay es audaz y resiliente. Come o te comen. No hay espacio para nada más que la supervivencia.

Mi travesía hacia la Antártida comenzó unos días antes del año nuevo en la Patagonia argentina. Ushuaia fue la antesala perfecta para lo que vendría después. La belleza de la naturaleza helada y silvestre son muy similares a los del Polo sur. Lo acogedor de su gente y sus coloridas casas de madera distó mucho de la actitud áspera de los porteños. ¡Y ni hablar de la comida! Los cangrejos recién atrapados y gratinados que se sirven en los chalets parecen de otro mundo.

Tras esta breve y placentera estancia en Tierra del Fuego partimos rumbo al fin del mundo. El viaje en el crucero, lleno de científicos con alguno que otro turista como yo, no es tan simple y tranquilo como uno esperaría cuando antepone la palabra crucero.

Al pasar por el Pasaje de Drake, el completo opuesto de cualquier tipo de calma, el mareo es inevitable y tormentoso. La comida y las comodidades pierden la gracia con el incesante vaivén del mar que te zarandea sin piedad. El miedo y el agobiante pasar de las largas horas empiezan a envenenarte la mente. Un suplicio.

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Sin embargo, no hay mal que dure cien años y una mañana llegamos al fin, (aquí la palabra mañana pierde significado ya que durante el verano en el hemisferio sur nunca anochece). El cielo se mantenía eternamente presente y el horizonte alternaba entre matices de azules claros, reyes, con tonalidades de rojo y amarillo, sin nunca apagarse por completo.

Todo esto es especialmente particular y extraño cuando se trata de año nuevo. Es raro recibir ese cambio durante el ‘día’ y perder esa ilusión tangible de oscuridad, fuegos pirotécnicos y luz tan tradicionales de esta fecha. Ojo, estas no son quejas. La experiencia fue alucinante, sobretodo si le sumamos las chaquetas gruesas y champaña.

Los días anteriores habían sido igual de mágicos entre pingüinos negros que resaltaban sobre la nieve blanca. Los llegamos a ver tan de cerca que solo extender mi brazo hubiera sido suficiente para acariciarlos. Pero esto no está permitido. Desde las lanchas que nos llevaban hasta el hielo también pudimos ver focas, algunas incluso heridas tras escapar de algún depredador hambriento.

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A primera vista puede parecer que en la Antártida reina una anarquía total de todos contra todos pero en realidad lo que hay es una jerarquía establecida irrevocable y poderosa: la vida. La vida lucha por sobrevivir sin misericordia, ya sea matando o escapando. Es la naturaleza en crudo, pero en una forma poco conocida.

Casi siempre al pensar en lo salvaje, pensamos en la selva y el rugir de sus animales rápidos, ágiles y sobretodo, terrestres. En la Antártida lo salvaje habita el mar y el hielo. Cada tanto las aguas se tiñen de rojo con los residuos de los ataques violentos de los que solo son capaces las ballenas.

Durante nuestro viacrucis por el Pasaje de Drake recibimos charlas sobre la naturaleza del lugar y sobre expediciones pasadas, muchas de ellas fallidas. El verano allí no es ‘tan’ frío, pero el invierno es el infierno puro. No es coincidencia que ambas palabras se parezcan tanto. Las temperaturas y los vientos llegan a ser mortales, incluso para la adaptada vida animal. Es virtualmente imposible ir durante esa época.

Cerca del fin del viaje tuve la oportunidad de llevar mi experienca con el Polo Sur a otro nivel con el “polar plunge”, que es darte un ‘chapuzón’ en el mar. En un principio me negué totalmente pero luego el coraje y la curiosidad me pudieron más. Y no era la única. Sorprendentemente muchos viejitos, que podrían ser mis abuelos, estaban a mi lado listos para nadar.

Parada en el borde de la plataforma me quité la bata y sin darle tiempo a mi mente de dudar ¡me lancé! Fueron segundos incomparables a nada que haya experimentado antes. Cada segundo era una eternidad. Sentía mi cuerpo penetrar lentamente la fría agua que me punzó como mil agujas de hielo. Por un momento me sentí perdida, atrapada en aguas misteriosas.

Esta soy yo saliendo del helado mar después de mi valiente ‘Polar Plunge’

Esta soy yo saliendo del helado mar después de mi valiente ‘Polar Plunge’

Cuando logré emerger y despertar de esos segundos que resumieron toda mi experiencia en un suspiro bajo el agua, encontré la escalera a centímetros de mi. Me agarré con fuerza de ella y salí sintiéndome renacida, hija de la Antártida.

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